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Revision as of 16:16, 18 July 2008 by Bhkauflin (Talk | contribs)
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Allá por los días cuando un paquete de cigarrillos todavía costaba 35 céntimos yo fumaba mucho. Algunos podrían decir que era amigo de la nicotina, un tipo regular al estilo Chesterfield. Yo era un adicto al tabaco y lo sabía.

Dejar de fumar no era el problema - lo había hecho una docena de veces. Pero cuando el deseo de fumar se hacía muy fuerte, yo comenzaba otra vez. Así que decidí dejar de comprar cigarrillos. Eso tampoco dio resultado. Sólo me convirtió en una molestia para mis amigos, ya que siempre estaba pidiéndoles cigarrillos. En mi punto más bajo, me encontré sacando del cenicero colillas medio fumadas.

Por este tiempo me di cuenta de que el Espíritu Santo me estaba redarguyendo de mis pecados y acercándome a Jesús. Aunque mi fumar era solamente una de las evidencias de mi estado interno, parecía simbólico de mi vida entera. Estaba atrapado. Cada vez que había intentado dejar de fumar había fracasado. No podía ver cómo jamás podría vencer este hábito. Ni tan siquiera estaba seguro de que quería hacerlo.

Sabía que Jesús iba principalmente tras mi corazón, no mi hábito. Con todo, no me podía imaginar seguirlo y fumar al mismo tiempo. Así que una noche pregunté a Larry, un creyente a quien acababa de conocer, si un tipo podía ser cristiano y seguir fumando. Esa era mi versión de la pregunta de los fariseos para atrapar a Jesús sobre el pago de los impuestos al César. Pensaron que podían atraparlo de cualquier manera que contestara.

Medita en Romanos 8:29. ¿Cuál es el aspecto del carácter de Jesús que te gustaría de verdad ver en tu propia vida?

Mi estrategia era algo como esto. Si Larry contestaba, “No - nadie puede ser cristiano y fumar,” yo solemnemente pronunciaría su respuesta como legalista y contraria al principio de que Dios mira el corazón. Por otro lado, si decía, “Sí, no hay problema”, entonces yo podía despedir el cristianismo como un conjunto sin significado de creencias que no tenían ningún poder. Pero la pregunta no era totalmente cínica. Parte de mí desesperadamente quería creer - y ser libre.

Bueno, Larry me dio una respuesta con la que yo no había contado. “Supongamos”, dijo, “que tú quisieras animar a alguien a confiar en el Señor. ¿Crees que tendrías más efecto como testigo con un cigarrillo en la mano o sin uno?”

Hmmmm...buena respuesta. De repente el asunto no era el fumar, sino si yo quería que mi vida glorificara a Dios o no. En realidad era un asunto de motivo.

No soy de la opinión de que a la persona con verdadera fe en Jesucristo se le negaría la entrada al cielo por tener un paquete de cigarrillos en su bolsillo. Pero eso no tiene nada que ver con el asunto, pues el propósito de Dios en la santificación es que seamos conformados a la imagen de Jesucristo. Y yo no puedo imaginarme a Jesús acercarse a la mujer samaritana (Jn 4:7-18) y decir, “¿Tienes fuego? Gracias. Ahora, hablemos de tu pecado. ¿Cuántos esposos has tenido?”

Gracia no es simplemente poca severidad cuando hemos pecado. Gracia es el don de Dios que permite no pecar. Gracia es poder, no sólo perdón.[1]
— John Piper

Por cierto, yo ya no soy un tipo regular al estilo Chesterfield. Dios tenía medios disponibles para ayudarme a dejar el vicio - los mismos medios que examinaremos en estos dos próximos capítulos. Pero, de primera importancia era mi motivo. Dios siempre ayudará a aquel cuyo motivo es correcto, que en realidad quiere glorificarlo y hacer su voluntad. Pero no nos dejará usarlo simplemente para mejorar la calidad de nuestra vida o cambiar nuestras circunstancias. El no busca nada menos que nuestro corazón. En la santidad, el motivo siempre precede a los medios.

Antes de ahondar más en la próxima sección, repasemos rápidamente lo que hemos aprendido hasta aquí sobre el plan de Dios para la santificación. Somos nuevas creaciones que gozamos de una viva unión con Jesucristo. Pero todavía estamos en una batalla. Experimentamos tanto guerra como paz interior; luchamos con el pecado y reposamos en Cristo.

1 ¿Puedes encontrar un versículo bíblico que demuestra que somos impotentes para ganarnos la salvación de Dios? (Si no sabes dónde buscar, trata Efesios capítulo 2.)



Un claro entendimiento de esta tensión entre el “ahora y el todavía no” te guardará de ciertas serias mal interpretaciones. Por ejemplo, sólo porque te encuentras con severas tentaciones y batallas espirituales no quiere decir necesariamente que has cometido algo malo. Una persona santa no es la que nunca tiene ningún conflicto espiritual, ni que ya ha alcanzado la perfección. Más bien, una persona santa es la que se está haciendo más como Cristo a través del proceso de obedecer a Dios en medio de las luchas cotidianas de la vida.

Aprendamos del Maestro

Como la mayoría de los hombres, yo tengo gran afición por las herramientas. Todavía puedo recordar mi emoción cuando mis amigos me dieron una caja de herramientas nuevecita, completamente equipada en la fiesta de mi despedida de soltero. No me aguantaba porque terminara la fiesta para poder jugar con mis nuevas herramientas. De hecho, estaba tan ansioso que me herí el dedo tratando de abrir la caja.

Para más estudio: Lee Romanos 3:9-12. ¿Consideras ésta una justa descripción de ti mismo? Si no, ¿qué evidencia bíblica encuentras a lo contrario?

Cualquier cristiano genuino admitirá que tiene seria necesidad de reparación espiritual. ¡Qué seguridad tenemos en saber que el Espíritu Santo tiene las herramientas correctas para hacer esas reparaciones - para santificarnos! Todavía más importante, él personalmente tiene la responsabilidad de enseñarnos cómo usar esas herramientas para que maduremos y cambiemos. Y Él nos puede enseñar cómo usarlas sin que nos hagamos daño a nosotros mismos.

Como la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo es quien cambia nuestra vida. El Espíritu de Dios participa en nuestra salvación de principio a fin. Ser regenerados (nacidos de nuevo) es nacer del Espíritu. Tanto el arrepentimiento como la fe - los dos lados de la conversión - son dones que da el Espíritu.[2] Él está activo en nuestra justificación y en nuestra adopción. Él nos llena, intercede por nosotros, nos sella en Cristo para el día de la redención, y al final nos glorificará.

Dios no deja ni tan siquiera el asunto de la conversión finalmente en manos del hombre...Ni tampoco Dios deja al riesgo incierto nuestro crecimiento y perseverancia y santidad. Más bien, Él dice, ‘Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes’ (Ezequiel 36:27). Es el Señor mismo quien obra en nosotros para querer y hacer su buena voluntad (Filipenses 2:12-13; Hebreos 13:21).[3]
- John Piper

Pero ahora nos ocupamos con el Espíritu Santo en su papel como santificador. Somos los que han sido “elegidos...según la previsión de Dios el Padre, mediante la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser redimidos por su sangre” (1P 1:2). A través del resto de este capítulo y el próximo, examinaremos algunas de las herramientas con las que Él tan eficazmente obra en nosotros.

La Palabra de Dios

La Biblia es la singular revelación de Dios al hombre. Nos dice verdades que jamás podríamos encontrar en ninguna otra fuente, como la manera en que comenzó el mundo, lo que sucede después que morimos, y así por el estilo. También nos dice algunas cosas que jamás hubiéramos querido saber: somos nacidos en pecado, estamos en necesidad de redención, y somos incapaces de agradar a Dios por nosotros mismos. ¡Alguien ha dicho que la Biblia debe ser la Palabra de Dios porque el hombre jamás escribiría algo tan desaprobante de sí mismo!

Medita en Jeremías 23:29. ¿Alguna vez has sentido el poder de la Palabra de Dios como se describe en este pasaje?

La Biblia no nos adula, ni tampoco enseña - como lo hacen virtualmente todas las religiones - que el hombre puede perfeccionarse a sí mismo. De hecho, la Escritura es pesimista hasta el extremo respecto a la innata habilidad del hombre. Es por eso que es una herramienta tan valiosa y esencial en la santificación del hombre. Jesús mismo confirmó esto cuando oró al Padre, “Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad” (Jn 17:17).

El libro clásico de Paul Bunyan, El Progreso del Peregrino empieza cuando el héroe, Cristiano, encuentra “el libro”...y ese fue el comienzo de sus problemas. Pero también fue el comienzo del final de sus problemas. El Espíritu Santo y la Biblia conspiran juntos para convencernos de nuestra gran necesidad de Dios. Pero tal como descubrió Cristiano, ellos nos convencen para poder convertirnos, y nos convierten para poder transformarnos:

Pero tú, permanece firme en lo que has aprendido y de lo cual estás convencido, pues sabes de quiénes lo aprendiste. Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia. (2 Ti 3:14-16)

Medita en Salmo 32:8-9. Si ignoramos la Escritura, Dios quizás tenga que sacar la brida y el freno.

Como Pablo hace claro en esta carta a Timoteo, la Escritura tiene un singular poder para producir cambio en el cristiano. Nos enseña las leyes y los caminos de Dios, luego nos reprende cuando no cumplimos con esa instrucción. Pero también nos corrige. No sólo nos dice que estamos equivocados; sino que nos vuelve a levantar y nos pone en el camino recto. Finalmente, nos instruye en justicia, enseñándonos cómo vivir.

¿Alguna vez has notado que se usan muchas vívidas metáforas para describir la Palabra de Dios?

Es nuestro alimento y bebida espiritual. “No sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del SEÑOR” (Dt 8:3). La escritura es leche para los pequeños y comida sólida para los maduros (Heb 5:12-14).

Es un espejo. “El que escucha la palabra pero no la pone en práctica es como el que se mira el rostro en un espejo y, después de mirarse, se va y se olvida en seguida de cómo es” (Stg 1:23-24). La Biblia nos muestra a nosotros mismos tal como Dios nos ve. Es una verificación de la realidad, que revela quién y qué en realidad somos.

Es una luz. “Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero” (Sal 119:105). La Escritura nos muestra la manera en que debemos vivir y lo que debemos evitar.

Es semilla. “Un sembrador salió a sembrar...La semilla es la palabra de Dios” (Lc 8:5,11). Cuando se siembra en el buen terreno de un corazón receptivo, da mucho fruto.

Es una espada.“Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb 4:12).

Lo que todas estas figuras tienen en común (y hay más) es la absoluta necesidad y utilidad de la Escritura. Nada sobre la Biblia es superfluo, y no necesita suplemento. Es suficiente para todas las cosas que tienen que ver con la salvación y la santidad, “a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra” (2 Ti 3:17).

Para más estudio: ¿Es suficiente solamente oír la Palabra para producir cambio? (Ve Mateo 7:24-27; Juan 14:21-24; Santiago 1:22))

En generaciones pasadas, la inspiración e infalibilidad de la Santa Escritura ha sido atacada repetidamente. Hoy la suficiencia de la Biblia es puesta en duda por los que sugieren, abierta y sutilmente, que es incapaz de tratar con algunos de los interrogantes más profundos y necesidades más fundamentales de la humanidad. Pero la Biblia de ninguna manera depende de ninguna fuente externa de conocimiento. Es más que suficiente. Este maravilloso libro es la herramienta principal del Espíritu Santo para cambiarnos.

¿Cómo ocurre ese cambio? Cuando oímos y aplicamos la Palabra de Dios, que también se conoce como obediencia. Eso sólo sucederá consistentemente a medida que nos comprometemos con las siguientes disciplinas:

Algunos amigos míos practican una disciplina de ‘no Biblia, no desayuno’. Algunos la leen por la noche. Otros pasan momentos con Dios durante el día. Pero yo no conozco a ninguno que tenga un andar profundamente espiritual que no pase tiempo todos los días con Dios en su Palabra. Es indispensable. Exige de un compromiso específico.[4]
— Jerry White

Apartar un tiempo regular para leer la Biblia...y cumplir con la cita. Lo primero por la mañana es para muchos el mejor momento. Por supuesto que eso quizás signifique acostarte más temprano para dormir lo suficiente. Si no estás leyendo tu Biblia regularmente, y no pareces poder ponerlo en tu horario, es porque algo menos importante se ha hecho muy importante. Averigua lo que es y haz cambios. Sé despiadado.

2 Según una encuesta de Barna, 73% de los norteamericanos dicen que es importante leer la Biblia. Un asombroso 93% de hogares en los Estados Unidos tienen por lo menos una Biblia. Pero fíjate con cuánta frecuencia en realidad se abren esas Biblias...luego marca el cuadrado que refleja más correctamente tu propio hábito de lectura.

En una semana promedio, los norteamericanos leen la Biblia...

❏Todos los días 12%

❏Varios días 15%

❏Un día 16%

❏Nunca 57%

Una distracción mayor son las noticias y la información. En esta edad de comunicación instante y global, muchos cristianos pasan más tiempo con los periódicos, revistas de noticias, y noticieros que con el Señor. Ahora hay más cosas que nunca para sobresaltarnos, airarnos, asustarnos, y robarnos tiempo precioso. Pero no hay manera posible para poder controlar o responder a todo lo que está sucediendo. Por supuesto que no estoy sugiriendo ignorancia o inacción, pero si el periódico o las noticias de la noche invaden tu estudio de la Biblia, entonces es tiempo que hagas ajustes mayores.

Comprométete a un plan de estudio específico.Leer a través de la NIV Study Bible me ha dado buen resultado a mí. De esta manera me veo obligado a leer esas porciones de la Escritura que podría considerar menos importantes o menos interesantes. Se toma una lectura completa de la Biblia para desarrollar una imagen completa de Dios. Como dijo una vez el difunto A.W. Tozer, “Podemos tener una opinión correcta de la verdad solamente al atrevernos a creer todo lo que Dios ha dicho de sí mismo”.[5]

Para más estudio: Timoteo se benefició inmensamente al tener a Pablo como su mentor. Para ver el impacto de esta relación lee 2 Timoteo 1:13-14 y 3:10-15.

Hay un buen número de buenos recursos que pueden mejorar tu tiempo diario con la Palabra. Hemos puesto unos cuantos en la sección “Lectura recomendada” al final de este capítulo. Variar tu método de vez en cuando hará más placentera y beneficiosa esta disciplina.

La palabra escondida comunica el pensamiento de guardar algo para los tiempos de futura necesidad. Hacemos esto al meditar continuamente en la Palabra de Dios, al pensar constantemente en ella, y aplicar sus verdades a las situaciones diarias de la vida. Yo personalmente he encontrado que un programa sistemático para memorizar la Escritura es absolutamente necesario para la continua meditación en la Palabra de Dios. No puedo pensar durante el día lo que no tengo en mi corazón.[6]
— Jerry Bridges

Busca a alguien que te ayude. Tu estudio de la Biblia acelerará grandemente al relacionarte con un mentor cristiano. Aprenderás mucho simplemente al preguntar, “¿Cómo es que tú estudias la Escritura?” También te beneficiará (aunque no sin cierta vergüenza) cuando él o ella te pregunte, “Así que...¿de verdad lo estás haciendo?” Ser responsable ante otra persona es de gran beneficio. Sólo mira que la persona que te pide cuentas no tenga similares defectos - ni el don de misericordia.

Guarda la Palabra de Dios en tu corazón memorizándote la Escritura. Pablo indica la transformación interna que ocurre a medida que comenzamos a dejar que la Biblia dé forma a nuestros pensamientos y actitudes: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Ro 12:2). La memorización quizás no te sea fácil, pero a medida que tejes la Palabra en la tela de tu vida, estarás bien preparado cuando venga la tentación o la adversidad.

Una Conciencia Limpia

Esto afirmo. No puedo hacer lo contrario...mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. No puedo y no retraeré en nada, pues ir contra mi conciencia no es ni correcto ni seguro. Que Dios me ayude. Amén7[7]

La famosa defensa de Lutero ante la Dieta de Worms [en inglés ‘lombrices’] (ese era el nombre del concilio oficial que lo enjuició, ¡en serio!) indica el importante lugar que ocupa la conciencia en la vida del cristiano. También tiene un lugar importante en nuestra santificación.

Todos nosotros sin duda nos hemos encontrado con esta misteriosa facultad llamada conciencia. Cuando, en el sexto grado, yo tiré un aro de goma a un grupo de estudiantes por la puerta del aula, no esperaba golpear a nadie en el ojo. Pero así fue. Y cuando mi compañera de clase gritó de dolor, ni ella ni ninguno de los demás sabía lo que había sucedido. Pero mi conciencia sí lo sabía e insistió en que yo tomara responsabilidad por lo que había hecho. Yo luché contra ello, tratando de salir con cualquier posible excusa, pero fue en vano. Mi conciencia se negó a soltarme del anzuelo. La única manera de silenciarla fue admitir mi culpa y aceptar las consecuencias.

Este incidente ilustra el rasgo más extraordinario de la conciencia - los juicios que declara son completamente objetivos e imparciales.[8] En otras palabras, uno nunca puede ganar un argumento con su conciencia. Siempre está trabajando, hasta en los sueños. Puede funcionar como testigo, al decir lo que ve u oye. Puede funcionar como abogado, acusándonos por delitos o, en raras ocasiones, defendiéndonos. También puede funcionar como juez, entregando veredictos categóricos que no pueden ser apelados.

Medita en Romanos 1:20-21. ¿Por qué no hay excusa para rechazar la ley moral de Dios?

-Mentiste-, proclama la conciencia.

-¡No mentí! Sólo decía la verdad a modo de no causar ningún conflicto innecesario.-

-Mentiste.-

La conciencia no discute el asunto. Sólo lo declara. Esta es la razón por la que la conciencia lleva a algunos a la distracción y por la que harán todo lo posible por apagarla, o amortiguarla con el alcohol o las drogas.

¡Grande en realidad es el poder de la conciencia! Poderosa es la influencia que puede ejercer en el corazón de los hombres! Puede infundir terror en la mente de monarcas en su trono. Puede hacer temblar y sacudir a las multitudes ante unos cuantos valientes amigos de la verdad como una manada de ovejas. Tan ciega y equivocada como la conciencia con frecuencia es, incapaz de convertir a un hombre o de llevarlo a Cristo, con todo es una parte muy bendita de la constitución del hombre, y la mejor amiga en la congregación que tiene el predicador del evangelio.[9]
— J.C. Ryle

La palabra en sí quiere decir “saber junto con”. El teólogo Ole Hallesby explica el significado de esta definición:

Es, entonces, no simplemente un saber, un conocimiento junto con algo o alguien. Tampoco necesitamos tener duda respecto a junto con qué es lo que el hombre en su conciencia sabe. Entre todas las razas...es una característica del hombre que él en su conciencia sabe junto con una voluntad que está sobre y por encima de la suya propia...Esta voluntad, que es la voluntad de Dios, es lo que los hombres llaman la ley o la ley moral, o sea, la ley según la cual la vida del hombre debe vivirse.[10]

Aunque imparcial, la conciencia no es infalible. Puede estar mal informada. Puede ser demasiado sensible. O, si ha sido represada rutinariamente, quizás yo sea absolutamente sensible. La persona que ignora su conciencia se dirige al desastre. Pronto perderá la habilidad de distinguir entre la iniquidad y la justicia, entre el bien y el mal. Esto explica mucho sobre nuestra sociedad...y sobre mi primer encuentro con las drogas

Cuando yo tenía dieciocho años un amigo me dio un porro (un cigarrillo de mariguana). Era 1968 y las drogas acababan de comenzar a filtrarse en los suburbios de Washington, D.C. donde yo vivía. Yo sabía que era ilegal. Yo sabía que era malo. Mi conciencia me gritaba...pero yo lo hice de todos modos. Un par de días después me fumé otro porro, y otra vez sonó la sirena de mi conciencia. Sólo que esta vez no era tan fuerte. Después de media docena de veces, casi ni la podía oír. Como resultado, poco a poco perdí mi compás moral. En esas raras ocasiones cuando apenas podía distinguir la voz de mi conciencia, la consideraba como una molestia y una aguafiestas.

Si el hombre cauteriza su conciencia pronto la verá como una maldición. Pero Dios no dio la conciencia para bendecirnos. No siempre trae noticias placenteras. Puede excusar como también acusar, felicitar como también condenar. Y como dijo Pablo al joven Timoteo, la conciencia es una salvaguarda esencial de la vida cristiana:

Timoteo, hijo mío, te doy este encargo porque tengo en cuenta las profecías que antes se hicieron acerca de ti. Deseo que, apoyado en ellas, pelees la buena batalla y mantengas la fe y una buena conciencia. Por no hacerle caso a su conciencia, algunos han naufragado en la fe. (1Ti 1:18-19)

Puede que la conciencia sea una arma sencilla, pero es altamente eficaz en la batalla contra el pecado. “No hacerle caso a la conciencia” es lo mismo que cometer suicidio espiritual.

3 Lee Efesios 4:25-32, luego toma un minuto para escuchar a tu conciencia. ¿Te das cuenta de alguna ofensa sin confesar contra Dios u hombre?




Una conciencia limpia es uno de los beneficios más preciosos del nuevo nacimiento. “Así que, hermanos, mediante la sangre de Jesús,” dice el escritor de Hebreos, “Acerquémonos, pues, a Dios con corazón sincero y con la plena seguridad que da la fe, interiormente purificados de una conciencia culpable” (Heb 10:19,22; Heb 9:14). ¡Qué gracia la de Cristo de purgarnos con su sangre de las asquerosas manchas de nuestros pecados pasados! Ahora que tenemos una conciencia limpia, debemos esforzarnos para mantenerla así.

La conciencia funciona como una luz de advertencia en el tablero de mandos de nuestra vida, y necesitamos poner atención cuando se enciende intermitentemente. El proceso es el mismo que cualquier mecánico de automóviles seguiría: determinar de dónde proviene la dificultad y luego corregirla. Por lo regular la solución tiene que ver con confesar el pecado y pedir perdón.

Después de cometer adulterio con Betsabé y de asesinar a Urías, el rey David siguió como si nada hubiera ocurrido durante meses ignorando la luz roja de su conciencia. Él nos escribe sobre su experiencia en el Salmo 32:

Medita en Hechos 24:16. ¿Pablo daba por sentado la conciencia?

Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados. Dichoso aquel a quien el SEÑOR no toma en cuenta su maldad y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir todo el día. Mi fuerza se fue debilitando como al calor del verano, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad. Me dije: ‘Voy a confesar mis transgresiones al SEÑOR’, y tú perdonaste mi maldad y mi pecado. Por eso los fieles te invocan en momentos de angustia; caudalosas aguas podrán desbordarse, pero a ello no los alcanzarán. (Sal 32:1-6)

Para más estudio: Escribe Salmo 139:23-24 en una tarjeta pequeña y ponla en un lugar donde te sirva de recordatorio diario.

Mientras David guardó silencio su conciencia no calló. El pecado sin confesar lo llevó a la angustia espiritual y física. Pero el perdón y la liberación le llegaron tan pronto como reconoció su comportamiento y se arrepintió. El testimonio de David muestra que una conciencia limpia podría curar muchos de los problemas que tenemos, incluso muchos que son llamados “enfermedades mentales” o “depresión”.

Se llegó el momento de que nosotros los cristianos hagamos frente a nuestra responsabilidad con la santidad. Con demasiada frecuencia decimos que somos ‘derrotados’ por este o aquel pecado. No, no somos derrotados; simplemente somos desobedientes. Podría ser algo bueno si dejáramos de usar las palabras ‘victoria’ y ‘derrota’ para describir nuestro progreso en la santidad. Más bien debemos usar las palabras ‘obediencia’ y ‘desobediencia’.[11]
— Jerry Bridges

Cuando el cristiano tiene una conciencia saludable, le advertirá antes de iniciar un acto malo. Durante el acto la conciencia podría guardar silencio. Pero después de verdad se dejará oír. Las palabras, los pensamientos, las actitudes, y los motivos también pasan bajo su implacable escrutinio. Recuerda - esto es una bendición.

Una conciencia activa fomenta el examen de sí mismo que marca al cristiano en crecimiento. Es una tremenda aliada de la verdad.Como se mencionó arriba, el peligro principal es que faltamos en obedecer a la conciencia y ésta se cauteriza. El cristiano sin una conciencia limpia puede ser chantajeado por el enemigo. Al haber perdido un equipo de navegación tan crucial, ya no puede discernir el curso correcto, y corre el riesgo de naufragar. Esto no es algo insignificante.

Para más estudio: Para entender las opiniones de Pablo sobre la conciencia débil y la conciencia fuerte, lee 1 Corintios 8:4-13 y 10:23-33.

Pero una conciencia hipersensible puede ser un problema tan grande como la que se ha cauterizado. Esto no es raro entre los cristianos serios, especialmente cuando son recién convertidos. Los que tienen lo que a veces se llama una conciencia demasiado escrupulosa o débil, viven en un continuo estado de injustificada culpa. “Aquí lo más insignificante puede producir una conciencia malvada, de hecho, una ansiedad muy insoportable. Puede ser, o un acto insignificante, o un pequeño pensamiento o una palabra descuidada”.[12] Un pedazo de basura en el suelo que no se recoge se convierte en un pecado mayor porque “comete pecado todo el que sabe hacer el bien y no lo hace” (Stg 4:17). O un comentario de improviso que no es absolutamente correcto se convierte en una mentira premeditada.

Durante esos ataques de duda, cuando el creyente en un grado excepcionalmente marcado pierde contacto con la gracia que puede sentir, su vida entera en Dios cae fuera de balance, como quien dice. Todos los valores espirituales se distorsionan, y tiende a perderlos totalmente de vista. Ya no parece poder beneficiarse de sus anteriores experiencias cristianas ni de su anterior perspicacia sobre asuntos espirituales. Los asuntos esenciales y los no esenciales se convierten en una confusa masa en lo que a él respecta. Dios le enseñará en momentos así cuán impotente es en sí mismo tanto en la moralidad como en la religión. [13]
— Ole Christian Hallesby

Como ilustran estos ejemplos, los que tienen una conciencia demasiado escrupulosa yerran al exaltar la letra del versículo bíblico por encima del espíritu del versículo. Recuerda, Dios está más interesado en el motivo del corazón que en los detalles externos.

También es posible que falten en distinguir entre la tentación y el pecado. Es cierto que con frecuencia la una lleva al otro, pero no son lo mismo. La tentación es inevitable, pero no es necesario que dé a luz el pecado. Como dijo Lutero, “No puedes evitar que los pájaros vuelen sobre tu cabeza, pero puedes evitar que hagan un nido en tu pelo”.

Mi consejo a los que tienen una conciencia hipersensible es que busquen el consejo de un cristiano maduro - un pastor o el líder de un grupo pequeño que pueda ayudarles a separar lo esencial de lo no esencial. También la activa participación en el ministerio de grupos pequeños de tu iglesia es indispensable para mantener una conciencia saludable.

4 ¿Cuál de los siguientes considerarías ser pecados dignos de arrepentimiento? (Marca todos los que apliquen.)

❏Dejar un poco de chicle masticado debajo del asiento frente al tuyo en la iglesia.

❏Fantasear brevemente de que tu suegra se ha mudado a Nepal.

❏Doblar a la izquierda con la luz en rojo en el único semáforo en el pueblo a las 2:47 a.m.

❏Dejar que pase una semana sin bañar a tu niño pequeño.

❏Tirar una lata vacía de refresco que pudo haber sido reciclada.

La Oración

La oración es nuestra cuerda salvavidas de comunicación con Dios. A través de la oración tenemos una avenida para acercarnos a nuestro Padre celestial y expresar nuestra gratitud y comunicarle nuestras necesidades. Es una oportunidad de múltiples facetas para tener comunión con el Creador del universo. La oración consistente, persistente nos cambia tan profundamente como cualquier otro medio usado por el Espíritu Santo.

La Biblia nos anima, “Oren en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos. Manténganse alerta y perseveren en oración por todos los santos” (Ef 6:18). Hay por lo menos tres clases de oración que contribuyen grandemente a nuestra santificación. Examinémoslas individualmente.

La oración como un clamor de liberación del pecado. Es difícil imaginarse una situación más desesperante que en la que Jonás se encontraba. Habiendo desobedecido el mandato de Dios de ir a Nínive, acabó en el estómago de un gran pez. La oración era su única esperanza:

Entonces Jonás oró al SEÑOR su Dios desde el vientre del pez. Dijo: ‘En mi angustia clamé al SEÑOR, y él me respondió. Desde las entrañas del sepulcro pedí auxilio, y tú escuchaste mi clamor’. (Jon 2:1-2)

No sólo te sientes ahí solo o apartado colgando la cabeza, y sacudiéndola y mordiéndote los puños preocupado y buscando una salida, sin nada más en tu mente que lo malo que te sientes, cuánto sufres, qué pobre tipo eres. ¡Levántate, perezoso tunante! ¡De rodillas! ¡Levanta las manos y los ojos al cielo![14]
— Martin Luther

No importa cuán desesperante sea el predicamento, nuestro primer paso para ser liberados del pecado es siempre hacia el Señor. Este paso se logra a través de la oración. Cuando yo sé que he pecado, la salida no es complicada - sólo difícil. El Espíritu Santo me dirige a clamar pidiendo misericordia, a confesar mi pecado, y a pedir perdón.

La promesa de Dios está clara: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1Jn 1:9). La palabra griega que se traduce aquí como “confesamos” significa “decir la misma cosa” - estar de acuerdo con Dios de que en verdad hemos pecado. Él ya sabe cuál es nuestro pecado. Él solamente está esperando que nosotros nos hagamos responsables del pecado. Una vez lo hagamos, Él promete perdonarnos y purificarnos. Yo encuentro interesante que la base para el perdón de Dios no es su misericordia, sino más bien su fidelidad y justicia. Podemos someter con confianza nuestras peticiones a Dios por lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz.

Medita en Salmo 86:1-7. Aunque merecemos su ira, Dios nos ama grandemente cuando clamamos pidiendo liberación del pecado.

La oración por libertad de pecado es una manifestación de verdadero humildad. Y humildad es necesaria para experimentar gracia.

La oración es una petición de dirección. Yo recuerdo los tiempos justo antes de pedir a mi esposa que se casara conmigo. ¡Vaya, si en serio quería recibir dirección de parte de Dios! Sólo la cantidad de las oraciones pidiéndole dirección debió haber comunicado claramente al Señor que yo de verdad quería saber cuál era su voluntad.

Recibir dirección tiene que ver con más que solamente la oración, por supuesto. Por ejemplo, exige de estudio bíblico y fiel aplicación de la sabiduría que ya poseemos. Anticipa que tengamos una sincera determinación para hacer la voluntad de Dios suceda lo que suceda, y una disposición a oír la multitud de consejeros que misericordiosamente Él pone a nuestro alrededor. Pero la oración es primordial en la dirección simplemente porque nos mantiene en constante contacto con Aquel que nos dirige por sendas de justicia por amor a su nombre (Sal 23:3).

Nadie puede reducir a una fórmula la verdadera dirección. Consiste en oír y obedecer, una relación constante reforzada por la comunicación regular, y en reposar en las seguras promesas de Dios. Mi propia opinión es que el cristiano que se propone a hacer la voluntad de Dios encontrará muy difícil no ver esa voluntad si es que es una persona de oración.

5 Describe brevemente un incidente cuando recibiste liberación o dirección de Dios como resultado de la oración.






La oración como sumisión a la voluntad de Dios.En el huerto de Getsemaní, Jesús hizo la oración más conmovedora de todas: “Padre, si quieres, no me hagas beber este trago amargo: pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22:42). Iba acompañada de un fuerte clamor a Dios y una presión tan intensa que Cristo sudó gotas de sangre. Fue expresada cuando estaba sin la compañía de ningún ser humano, porque sus amigos más cercanos se habían dormido. Nuestro Señor estaba solo. Aquí, en su hora de mayor prueba, Jesús nos dio un modelo de verdadera sumisión, una humildad que lo cualificó para heredar la tierra.

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, los aviones aliados hicieron llover sobre Alemania grandes bombas incendiarias. Ciudades como Dresde y Hamburgo quedaron completamente destruidas. Uno de los sobrevivientes de Dresde fue John Noble, un ciudadano norteamericano que junto con su familia fue puesto bajo arresto en su casa cuando estalló la guerra.[15] Tenía 22 años de edad.

Para más estudio: Lee Hebreos 12:7-13. ¿Qué promesa encontramos aquí que nos motiva a someternos a Dios?

Después que se rindieron los poderes del Axis en 1945, John esperaba volver a los Estados Unidos. Pero los comunistas soviéticos controlaban ahora esa parte de Alemania, y ellos tenían otros planes para él. Fue encarcelado bajo un pretexto y durante los próximos diez años fue sujeto al más inhumano trato que uno se pueda imaginar. Sólo una pequeñísima fracción de los prisioneros sobrevivieron. Los que habían padecido bajo los alemanes y los comunistas dijeron que aunque los nazis eran mucho más crueles y vengativos en su trato de los prisioneros, los comunistas eran más mortíferos, ya que sistemáticamente hacían morir de hambre a los que estaban en sus garras.

Aunque Noble se había criado en un hogar cristiano, su fe no se extendía mucho más allá de la asistencia superficial a la iglesia. Se daban gracias a Dios antes de comer, pero las oraciones, si se hacían, no salían del corazón. Su padre, un anterior ministro, se había vuelto más y más materialista a través de los años. Llevó a la familia a Alemania a mediados de los 1930 para dirigir una fábrica de cámaras. Así es como quedaron atrapados en Alemania cuando las tropas de Hitler comenzaron a marchar.

Medita en Filipenses 1:20-21. Una vez más, Pablo sirve como un perfecto modelo y ejemplo. ¿Cuál era una de sus preocupaciones mientras se enfrentaba con la probabilidad de ser ejecutado?

En la cárcel a todos los prisioneros repetidamente se les negaba comida por largos lapsos de tiempo. Luego llegó un devastador período de doce días sin nada excepto un poquito de agua con sabor a café al día. Muchos de los hombres murieron. Desde su solitaria celda, John podía oír cuando sacaban los cadáveres arrastrándolos, la cabeza golpeando las gradas. La desesperanza y el desaliento eran como una nube a su alrededor. Pero durante ese tiempo de lenta y dolorosa muerte por hambre, Dios en su gracia se reveló a John Noble.

Por supuesto que había orado durante el comienzo de su cautiverio. De hecho, había orado con frecuencia, pidiendo a Dios comida, seguridad, y liberación. Pero cuando le fue dada fe para confiar en Cristo, el enfoque de sus oraciones cambió de preservación de sí mismo a una humilde entrega a la voluntad de Dios. Ahora, ya fuera que viviera o muriera, estaba sometido a Dios. Ya no se pertenecía a sí mismo. Como resultado, ya no tenía miedo. Una paz que sobrepasaba toda comprensión humana se apoderó de su alma.

La oración hará que el hombre deje de pecar, o el pecado tentará al hombre a dejar de orar.[16]
— John Bunyan

El padre de John, uno de sus compañeros de cárcel en Dresde, también volvió a dedicar su vida a Cristo y recibió la misma gracia para orar diciendo, “pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya”. Aunque habían de pasar varios años más en la cárcel, después escribieron de no tener nada de qué lamentarse. Nunca se sintieron más ricos espiritualmente ni más cerca de Cristo que cuando, naturalmente hablando, las cosas parecían más inexorables. Y su confianza en Jesús, que era tan preciosa para ellos, les dio el poder para reclamar la miserable vida de muchos otros. Durante toda su terrible experiencia, la humilde oración de sumisión a la voluntad de Dios mantuvo su corazón tierno y cerca de Él.

Como puedes ver, la oración - junto con la Palabra de Dios y una conciencia regenerada - son poderosas herramientas en la mano del Espíritu. Tienen un admirable potencial para conformarnos a la imagen de Cristo. Ahora que tienes cierta idea de cómo funcionan éstas, hurguemos en el resto de la caja de herramientas.

Discusión Grupo

  1. Martín Lutero una vez dijo, “El hombre es justificado por la fe solamente, pero no por una fe que está sola”. ¿Cómo se podría aplicar eso a las preguntas del autor sobre fumar antes de su conversión? (Páginas 53-54)
  2. ¿Qué pecados considerarías estar entre los más dominantes o adictivos? ¿Por qué?
  3. ¿Puedes recordar maneras específicas en las que el Espíritu Santo obró para santificarte después de tu conversión?
  4. ¿Cómo afecta tu expectación de cambiar el conocimiento de que Dios mismo está obrando en ti?
  5. Piensa en una cueva subterránea, excavada a través de siglos por el constante gotear del agua. En la medida en que la Palabra de Dios “gotea” en tu vida ahora, ¿cuánto tiempo se tomará para producir un cambio visible?
  6. . ¿Qué sería necesario para asegurar que estás leyendo - y aplicando - la Palabra de Dios regularmente?
  7. ¿Cómo calificarías tu conciencia? (A) Demasiado insensible, (B) Demasiado sensible, (C) Exactamente correcta.
  8. . “Cuando yo sé que he pecado”, dice el autor, “la salida no es complicada - s¬ólo difícil” (Página ). ¿Por qué es difícil orar pidiendo a Dios liberación?
  9. “La oración cambia las cosas” anuncia un rótulo muy conocido. ¿De qué maneras has visto que eso es cierto en tu vida?

Lectura Recomendada

Tabletalk, una guía mensual para el estudio bíblico publicada por Ligonier Ministries, 400 Technology Park, Suite 150, Lake Mary, Florida, 32746, 1-800-435-4343)

Daily Walk, una guía mensual para el estudio bíblico publicada por Walk Thru the Bible Ministries, P.O. Box 478, Mt. Morris, IL 61054-9887.

Daily Readings from J.C. Ryle, copilado por Robert Sheehan (Welwyn, Hertfordshire, England: Evangelical Press, 1982)

How to Pray Effectively por Wayne Mack (Phillipsburg, NJ: Presbyterian & Reformed Publishing Co., 1977)

Honesty, Morality & Conscience by Jerry White (Colorado Springs, CO: NavPress, 1977)

Referencias

  1. John Piper, The Pleasures Of God (Portland, OR: Multnomah Press,1991), p. 252.
  2. Anthony A. Hoekema, Saved by Grace (Grand Rapids, MI: Eerdmans Publishing Co., 1989), p. 29.
  3. John Piper, The Pleasures of God, p. 56.
  4. Jerry White, The Power of Commitment (Colorado Springs, CO: NavPress, 1985), p. 57.
  5. A.W. Tozer, Gems From Tozer (Harrisburg, PA: Send the Light Trust/ Christian Publications, Inc., 1969), p. 4.
  6. Jerry Bridges, “Declaration of Dependence” in Discipleship Journal, Issue 49, 1989, p. 28.
  7. Quoted in Roland Bainton, Here I Stand: A Life of Martin Luther (Nashville, TN: Abingdon Press, 1950), p. 185.
  8. Ole Christian Hallesby, Conscience (Minneapolis, MN: AugsburgPublishing House, 1933), p. 14.
  9. J.C. Ryle, Daily Readings From J.C. Ryle, copilado por Robert Sheehan (Welwyn, Hertfordshire, England: Evangelical Press, 1982), p. 338.
  10. Ole Christian Hallesby, Conscience, p. 12.
  11. Jerry Bridges, The Pursuit of Holiness (Colorado Springs, CO: NavPress, 1978), p. 84.
  12. Ole Christian Hallesby, Conscience, p. 142
  13. Idem., p.144
  14. Citado en Timothy George, Theology of the Reformers (Nashville, TN: Broadman Press, 1988), p. 86.
  15. John Noble, I Found God in Soviet Russia (London: Lakeland, Marshall, Morgan and Scott, 1959)
  16. Citado en Gathered Gold, John Blanchard, ed. (Welwyn,Hertfordshire, England: Evangelical Press, 1984),p. 226.
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