All of Grace/Repentance Must Go With Forgiveness/es

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Revision as of 14:15, 1 August 2008 by Kirstenyee (Talk | contribs)
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Resulta claro del texto que hemos citado anteriormente, que el arrepentimiento está íntimamente relacionado con el perdón. Leemos en Hechos 5:31 que Jesús fue exaltado para dar “arrepentimiento y perdón de pecados.” Estas dos bendiciones emanan de las manos sagradas que fueron clavadas al madero, de las manos de aquel que ahora está en gloria. Arrepentimiento y perdón están entrelazados por el propósito eterno de Dios. Lo que Dios ha juntado, no lo separe el hombre.

Tiene que haber arrepentimiento para que haya perdón

Tiene que haber arrepentimiento para que haya perdón, y verás que así es si reflexionas un poco sobre el asunto. No es posible que se conceda perdón a un pecador impenitente. Eso lo confirmaría en sus malos caminos y le enseñaría a no dar importancia al mal. Si el Señor dijera: “Tú amas el pecado, vives en él y vas de mal en peor, pero no importa, yo te perdono” equivaldría a proclamar un libertinaje horrible para hacer el mal. Socavaría los fundamentos de todo orden social, resultando en una anarquía moral. Es imposible imaginar los innumerables escándalos que resultarían si se pudieran separar el arrepentimiento y el perdón, y perdonar el pecado mientras el pecador lo sigue amando como siempre. Por la disposición natural de las cosas, si creemos en la santidad de Dios, es lógico que si continuamos en el pecado y no nos arrepentimos de él, no podemos ser perdonados, pero sí, que cosecharemos las consecuencias de nuestra obstinación. Por su bondad infinita, Dios nos promete que, si abandonamos nuestro pecado confesándolo, aceptando por fe la gracia que está en Cristo Jesús, Dios “es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.” Pero mientras Dios viva, no puede haber promesa de misericordia para los que continúan en sus malos caminos negándose a reconocer sus transgresiones. Ningún rebelde puede esperar que su Rey perdone mientras se obstina en su rebeldía. Nadie puede ser tan insensato como para imaginarse que el Juez de toda la tierra borrará nuestros pecados si nosotros mismos nos negamos a arrepentirnos y confesarlos.

La perfección de la misericordia divina

Además, esto tiene que ser así por la perfección de la misericordia divina. Una misericordia que perdona el pecado dejando que el pecador siga viviendo en el pecado, sería realmente escasa y superficial. Sería una misericordia deforme, coja de pies y paralítica de manos. Según tu opinión, ¿cuál de estos privilegios es el mayor: que la culpa del pecado sea borrada o, ser librado del poder del pecado? No procuraré pesar en balanza dos misericordias tan grandiosas. Ninguna de las dos nos alcanzaría si no fuera por la sangre preciosa de Cristo. Pero si hiciéramos tal comparación, me parece que consideraría mayor a la salvación del poder del pecado, ser santificado y ser hecho semejante a Dios, la mayor de las dos. Ser perdonado es un favor incalculable. Haremos que ésta sea una de las primeras notas de nuestro canto de alabanza: “Él es quien perdona todas tus iniquidades.” Pero si pudiéramos ser perdonados, y luego tener permiso de amar el pecado, practicar descontroladamente la perversidad y revolcarnos en el fango de los vicios, ¿para qué nos serviría tal perdón? ¿No sería más bien un dulce venenoso que finalmente nos destruiría? Ser lavado y seguir en el cieno, ser declarado limpio y seguir con la lepra blanca en la frente, sería la burla más pesada de la misericordia. ¿Para que sirve sacar un cadáver del sepulcro, si seguirá sin vida? ¿Para qué llevarlo a la luz, si sigue ciego?

Nosotros damos gracias a Dios porque el que perdona nuestras iniquidades también sana nuestras dolencias. El que nos limpia de las manchas del pasado nos salva de los caminos inmundos del presente y nos guarda de caer en el porvenir. Es preciso que recibamos agradecidos tanto la palabra del arrepentimiento como la del perdón de los pecados. No pueden ser separadas. La heredad del pacto es una e indivisible, y no se reparte por partes. Dividir la obra de la gracia sería como partir a un niño vivo por la mitad, y los que lo permitieran, demostrarían no tener ningún interés en él.

Te pregunto a ti que buscas al Señor ¿estarías satisfecho con sólo una de estas gracias? ¿Estarías conforme, querido lector, con que Dios te perdonara tus pecados, para dejarte luego seguir siendo mundano y malvado como antes? Ciertamente que no. El espíritu vivificado teme más al pecado mismo que a los castigos que resultan de él. El clamor de tu corazón no es: “¿Quién me librará del castigo?”, sino “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¿Quién me hará capaz de vencer la tentación y ser santo como Dios es santo?” Ya que la unión del arrepentimiento con el perdón concuerda con el deseo de la gracia, y ya que es necesaria para que la salvación sea completa y para la santidad, puedes estar seguro de que permanecerá por los méritos de esa unión.

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